Relatos

MI CUÑADO EL DOCTOR

Hola, me llamo Francisco, soy de México y esto que les voy a platicar me
ocurrió cuando tenía 13 años, casi 14. Era entonces un jovencito delgado, no
muy alto, como soy, pero algo piernudo y nalgón porque me gustaba mucho
jugar al fútbol, sobre todo porque después de correr y sudar por el campo,
el entrenador nos metía a darnos una ducha y yo podía ver desnudos a mis
compañeros de equipo.

En el verano de mis trece años, mis papás planearon sus vacaciones en Italia
y como había reprobado varias materias de la secundaria, de castigo no me
llevaron con ellos. Me dejaron al cuidado de mi hermana, algunos años mayor
que yo y por entonces ya casada con mi cuñado Luis, que era médico.
En varias ocasiones me había quedado con ellos cuando mis papás salían de
viaje. Pero ese verano fue excepcional. Mi hermana y su cuñado vivían en una
casa, en una de cuyas alas él tenía su consultorio. No era una casa muy grande
y de hecho, la recámara donde ellos dormían compartía pared con la que me
asignaban. Así que varias noches los oía coger y hacer el juego del doctor y el
paciente. Mi cuñado le decía:

“¡A ver mi enferma, abra las piernas que le voy a poner su inyección!”.
Mientras ambos jadeaban yo me excitaba pensando en que mi cuñado me
“inyectaba” a mí. Yo sabía que ellos tenían relaciones anales porque mi
cuñado se lo pedía y mi hermana aceptaba sus “Inyecciones” casi sin
quejarse.

Un fin de semana mi hermana tuvo que salir desde el viernes y no regresaría
hasta el domingo en la noche o el lunes temprano, según nos dijo, a atender
cosas su trabajo. Así que mi cuñado y yo nos dispusimos a pasar juntos el
fin de semana.

La verdad era que a mí la idea me excitaba y me ponía de a mil. Sabía desde
muy chico de mis gustos sexuales, cuando con un compañero de la escuela nos
tallábamos por encima del pantalón y a mí me gustaba agarrarle la verga.
Descubrí que si jugaba al fútbol podía bañarme con los otros chicos y ver
sus miembros mojados aunque flácidos lo cual me servía de fantasías en las
noches cuando me masturbaba.

Pero era completamente virgen porque nunca había tenido relaciones.
Debo decirles que en varias ocasiones cuando me quedaba en casa de mi
hermana, mi cuñado me sorprendía viéndolo desde la puerta mientras daba sus
consultas y a veces cuando salía de bañarse, con una toalla amarrada a la
cintura y con el torso velludo aún mojado.

Él no hacía nada para cubrirse y yo me deleitaba viendo su cuerpo.
Así que ese fin de semana, el sábado por la tarde cuando ya no estaba mi
hermana, me acerqué a su consultorio y lo vi escribiendo algo. Traté de
alejarme pero él me vio y me detuvo. Me preguntó que quería y le dije que
estaba aburrido. Me dijo que él también que de hecho ya no tenía citas para
esa tarde-noche y que si quería me podía quedar con él en el consultorio.
Yo le dije que sí, que estaba bien y tragando saliva y armándome de valor le
dije:

“Si quieres yo puedo ser tu paciente para que me pongas tus inyecciones”.

Respiré hondo y sólo pude ver que mi cuñado, sentado como estaba, sonreía
mientras se sobaba la verga por encima del pantalón.

“Así que quieres mi inyección. Pero te puede doler un poco. Déjame
prepararte”.

Salió del consultorio y cerró la puerta principal de la casa. Luego cerró
todas las ventanas y apagó las luces de las demás habitaciones como para
evitar que si alguien llegara pensara que había gente.
Me tomó del brazo y me llevó hasta su camilla donde revisaba a sus
pacientes.

“Vamos a ese culito tan bonito. Quítate la ropa, súbete a la camilla y ponte
de rodillas, apoyándote con las manos”, me dijo.

Yo estaba fascinado y muy excitado. Mis fantasías se estaban cumpliendo y mi
cuñado estaba ahí con migo. Me confesó que me había visto varias veces
mientras me bañaba, por una ventana del baño que daba hacia el patio. Que me
había visto desnudo varias veces y que mi cuerpo se le antojaba porque se
parecía mucho al de mi hermana.
De su mesa, tomó un bote de crema de afeitar y un rastrillo, diciéndome:

“Vamos a prepararte para tomarte la temperatura y bajarte esa calentura con
una buena inyección”.

Me embarró de crema las nalgas y el culo, mientras me daba pequeñas nalgadas
y me pedía que abriera más y más las piernas. Después comenzó a afeitarme.
Yo estaba algo velludo de las piernas y de las nalgas y ya tenía bastante
vello púbico. Te voy a dejar lisito, me decía, mientras me escupía en las
nalgas para suavizar la deslizada del rastrillo.

Cuando me dejó lampiño, me quitó el exceso de jabón y con un gel de agua que
tenía comenzó a frotarme las nalgas y el culo. Me pasaba sus manos
gustosamente, de arriba abajo y cada de cuando en cuando me ensartaba uno de
sus dedos lubricados con el gel.

Yo estaba en la gloria, era la primera vez que me metían algo entre las
nalgas y aunque sentía pequeños piquetes de dolor, el placer era mayor.
De pronto volteo y veo que mi cuñado ya se había quitado la camisa y
comenzaba a quitarse el pantalón. Se lo bajó de un golpe y entonces le pude
ver la verga parada por primera vez en mi vida.

Era enorme, más bien gruesa que larga, con la punta angosta y el resto se
anchaba hasta llegar a una mata de pelos negros que se prolongaba por el
resto de su estómago y pecho. Me asusté de su tamaño pero para serles franco
se me antojó besársela.

Tomó un poco más de gel entre sus manos y se lo untó por todo su miembro
mientras se lo agarraba diciéndome:

“Esta es tu “jeringa”, nene, te han puesto “inyecciones” con alguna más como
esta”.

Yo le dije que no, que era la primera vez que veía una así. Quería
comentarle que sólo había visto las flácidas vergas de mis compañeros de
equipo pero él me interrumpió.

“Me gustán los culos virgencitos. Ya vas a ver cómo te a gustar el
tratamiento”.

Diciendo esto se pudo detrás de mí y con las dos manos me abrió las nalgas.
Me pidió que tomara su verga y la acercara a mi culo. Al sentir la entrada
de mi hoyo, mi cuñado empujó un poco su cuerpo hacia delante y metió de un
golpe la cabeza de su verga. Yo pegué un respingo y le dije:

“Me duele un poco”.

El acarició mi espalda con sus manos y me dijo que me relajara, que iba a
ser mínimo el dolor, que lo disfrutara poco a poco y que luego sabría que
era lo bueno.

Mientras decía esto deslizaba sus manos por mi espalda y las fue a colocar
en mis hombros. Estando así me jaló hacia atrás y por el efecto del
lubricante sentí como su verga se deslizaba completamente adentro de mi
culo.

Mi cuñado comenzó a empujar y a sacar lentamente para abrirme más mientras
con sus fuertes manos me sostenía de los hombros.
Al cabo de un rato su verga entera se abría paso en mi culo sin ninguna
resistencia.

“Así mi enfermito, así”, me susurraba, “te gusta que ponga las inyecciones
así”.

Mis gemidos de placer y mis manos jalándolo hacia mí eran mi única
respuesta. Era la primera cogida de mi vida y estaba disfrutando cada
centímetro de aquella verga que me hacia maravillas.
Lo más increíble era que mi verga estaba completamente dura sin habérmela
tocado. Me dolía de solo moverla pero el meneo de mi cuñado era incesante.
Al cabo de un rato, sin haberme rozado siquiera la verga, comence a escupir
semen y a venirme. Eso hizo que apretara el culo y mi cuñado lanzó un gemido
descomunal.

“Así, chiquito, así, vente, mi enfermito”.

Mi cuñado aceleró sus embestidas y me cogió por las caderas. DE pronto sentí
mi culo inundado de un líquido tibió mientras la verga de mi cuñado se
ensanchaba aún más. Supe que se había venido dentro de mí y me encantaba la
idea.

Apretó mis caderas contra su vientre y mientras se arqueaba hacia atrás
soltó un bufido de placer, como el que le había escuchado hacer con mi
hermana.

Soltó mis caderas y sacó su verga que aún escurría un hilito de liquido
seminal. Se limpió con una toalla mientras me decía.

“Qué rico culito tienes, ¿te gustó el tratamiento de mis inyecciones?”.

Yo le dije que sí, que me había encantado, que quería seguir enfermo para
recibir sus inyecciones.

El me dijo que sí, que no le dijera nada ni a mi hermana ni a mis padres y
que cada vez que me quedara en su casa, cuando saliera mi hermana, me daría
la cogida de mi vida. Que lo más difícil era hacerlo la primera vez porque
las siguientes eran más fácil y cualquiera podía hacerlo.
Yo le dije que sólo quería que me inyectara él y que haría lo imposible por
estar cerca.

Durante dos años me “inyectaba” frecuentemente, cada que mis padres salían y
mi hermana no estaba en casa.

A mi cuñado le gustaba cambiarme de posiciones para cogerme y una vez,
incluso, hizo que se la mamara en el coche mientras esperábamos a mi hermana
a la salida de un centro de belleza.

Después se divorciaron y él se fue de la ciudad y nunca lo volví a ver.
Aunque el recuerdo de mis nalgas adoloridas después de aquella primera
cogida sensacional nunca se me ha olvidado.

Espero que les haya gustado.